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El desarrollo
de la sociedad civil organizada en América
Latina
(La reconfiguración de
las relaciones socio-políticas en tiempos de
globalización)
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Por: Carlos Salas Montes
Máster en Acción Política y Participación Ciudadana en el
Estado de Derecho, Universidad Francisco de Vitoria.
En las últimas décadas, en América Latina el asociativismo
se ha incrementado de manera diversa, cada vez adquiere
mayor complejidad y ha generado nuevas estructuras
organizativas con fuerte incidencia en los espacios
tradicionales de poder. A estas organizaciones las
denominamos genéricamente Organizaciones de la Sociedad
Civil (OSC’s), cuyas características principales son la
ausencia de fines lucrativos y su trabajo independiente de
la esfera gubernamental. Están integradas por ciudadanas y
ciudadanos activos que detentan objetivos comunes y se
organizan de forma legal para alcanzar metas que envuelven
intereses de naturaleza pública, en un proceso continuo de
interacción con otras instancias sociales, como el Estado,
otras organizaciones y movimientos, y los/as ciudadanos/as
mismos.
A su vez, las OSC´s están incidiendo en forma decisiva
dentro de los regímenes políticos de la región y han ganado
visibilidad, reconocimiento y legitimidad ante organismos
internacionales, medios de comunicación y opinión pública,
en virtud de los nuevos roles que está jugando en materia de
desarrollo, más allá de su trabajo de ayuda humanitaria,
como sucedía exclusivamente en décadas anteriores.
Estas organizaciones, desde hace mucho tiempo, han estado
presentes en lucha contra la pobreza, analfabetismo,
marginación y otras actividades de filantropía o asistencia
humanitaria; sin embargo, es hasta años recientes que su
número, actividades y reconocimiento se han acrecentado. A
lo largo de este período, han ido incorporando nuevos
objetivos estratégicos orientados al desarrollo sostenible,
la democratización y la promoción de los derechos humanos.
Se observa en ellas, luego de varios años de
experimentación, una mayor fortaleza para articular
propuestas ciudadanas de control y asistencia técnica a
diversas instancias de gobierno.
La incorporación de la sociedad civil en los procesos de
desarrollo parte de la consideración de que el problema
decisivo del cambio radica en la participación continua de
la mayoría de los actores sociales en la definición de lo
público, lo que da significado a las propuestas de reforma y
abre una nueva dimensión de las relaciones Estado-sociedad
civil. La teoría del desarrollo participativo considera que,
en la planificación del cambio, es necesario el control
recíproco del poder y la creación colectiva de sentido. Con
este marco, las OSC’s empiezan a reconfigurar el escenario
socio-político en los ‘90, a pesar de que estos argumentos
surgieran en la década del ‘70 con los modelos de
cooperación al desarrollo.
La década del ‘90 ha sido un escenario de innovación y
empoderamiento para las organizaciones, luego de una serie
de acontecimientos que se dieron en la región. Entre éstos
podemos destacar el inicio de un proceso de reformas
políticas y económicas que empiezan a emerger luego de la
guerra fría. Los Estados comienzan a cambiar sus
estructuras, dándose una transformación en los roles
tradicionales de poder, generándose una cultura de activa
participación social, expandiéndose los mercados y
fortaleciéndose una sociedad civil organizada que reclama la
protección de derechos individuales, sociales y difusos,
sobre todo en materia política a través de vías
institucionalizadas.
La lucha por nuevas formas de integración e inclusión ha
servido para enriquecer el discurso de la democratización,
con nuevas vías de participación, además de los
tradicionales mecanismos constitucionales participativos. La
democracia, en los últimos años, ha sido entendida como un
modelo que, además de legitimar la representación política,
promueve la inclusión por medio del acceso a varios derechos
y a la participación ciudadana. A través de dicha
perspectiva, las OSC’s latinoamericanas han intentado
generar un vínculo entre fortalecimiento de la democracia,
construcción de ciudadanía, lucha contra la pobreza y mayor
equidad social.
El profundo replanteamiento del desarrollo que se da a
finales de la década del ‘90, de acuerdo a Fukuyama,
conlleva una mayor toma de conciencia de los factores
culturales que inciden en el crecimiento económico y su
incorporación a los modelos de desarrollo. En ello, el
capital social es factor fundamental para la
reconceptualización de los valores de la vida política y
económica. El conocimiento de esas normas y valores requiere
una mirada a las interacciones del fenómeno asociativo
contemporáneo, el cual ha producido nuevas formas de
“organización” de la sociedad civil. Desde los ‘80 se
comenzó a ampliar el espacio de demandas políticas,
socio-culturales y económicas que implicaba la incorporación
de sectores excluidos en un proceso de construcción de
“ciudadanía política” liderado por las OSC’s. En este
sentido es importante destacar algunas transformaciones que
han caracterizado este proceso:
• Fortalecimiento de la sociedad civil, “empoderando”
instituciones de base y construyendo capacidades de
propuesta, articulación e incidencia política; además de la
reconstrucción paulatina del tejido social.
• Provisión de servicios directos y fortalecimiento de redes
de defensa social.
• Incorporación del tema de la ciudadanía al debate y a la
acción política.
• Impulso de la participación ciudadana en los espacios
locales.
La teoría política ha definido la democracia como el
resultado de una intensa experiencia social e histórica que
se construye de las aspiraciones y acciones de ciudadanos,
grupos sociales y comunidades que luchan por asegurar y
expandir sus derechos. Este esquema ha contribuido a pasar
de una mera concepción de democracia electoral a una
“democracia de ciudadanía”, rostros interdependientes que,
en los tiempos actuales, inciden en la calidad y
sustentabilidad del régimen democrático.
Los bajos niveles de crecimiento económico, las profundas
desigualdades sociales y la ineficiencia de las
instituciones públicas han generado la pérdida de confianza
en la democracia electoral y han potenciado el discurso de
la sociedad civil organizada para exigir un mayor
reconocimiento de derechos políticos a la ciudadanía, a
través de un diálogo bien estructurado entre Estado y
sociedad civil que permite generar nuevos planteamientos a
la problemática de exclusión social y deficiencias
institucionales. Este escenario favorece el desarrollo de
nuevas identidades organizativas en su visión de la realidad
política, donde el entramado social organizativo toma
conciencia de sus derechos y formula propuestas y
estrategias para la administración pública y la reforma
política.
En este proceso, la sociedad civil ha ido adquiriendo “poder
de ciudadanía” y se presenta como un nuevo brazo de fuerza
dentro del andamiaje estatal para servir de contrapeso o
control social a los poderes públicos legítimamente
integrados. Este empoderamiento de las organizaciones
pretende visibilizar a los “invisibles” en las relaciones
constitutivas del poder, trayendo nuevas organizaciones, una
cultura democrática de derechos y una real incidencia en la
interacción política.
Este fenómeno de cualificación de la sociedad civil
organizada se ha visto fortalecido porque sus estrategias y
metodologías han sido compartidas a través de alianzas o
redes a nivel local, nacional, regional y mundial. En el
plano externo, el crecimiento cualitativo de las OSC’s
también ha sido motivado por la incorporación de la sociedad
civil en los planes estratégicos de organismos
multilaterales, foros mundiales, cumbres y otros sectores no
gubernamentales de carácter internacional. Por ejemplo, en
la II Cumbre de las Américas, efectuada en 1998, se
estableció que los gobiernos deberían recoger las
iniciativas existentes que promovieran mayor participación
de la sociedad civil en la formulación e implementación de
las políticas.
Otro de los factores que han motivado el nacimiento y
especialización de OSC’s radica en la formulación de los
proyectos de desarrollo con visión participativa,
incorporando a fuerzas sociales para cooperar en la
implementación de las actividades del sector público. Muchas
organizaciones presentan sólidas estructuras institucionales
y amplia cobertura en todo el territorio, ventajas que han
sido aprovechadas por los gobiernos para establecer con
ellas alianzas institucionales en la ejecución de sus
estrategias y programas de desarrollo social, como en el
caso de los programas de reducción de la pobreza que han
comenzado a implementarse en la región. También han ido
surgiendo organizaciones que aprovechan esta apertura como
instrumento de financiación de sus proyectos.
Esta coordinación entre gobierno y sociedad civil ha
alentado la especialización de las organizaciones en el
manejo y control de recursos públicos y ampliación de sus
servicios sociales y, en el caso de fondos de cooperación
internacional, sirven como nuevos actores de gestión técnica
y económica, y garantía de transparencia y eficacia en el
manejo de dichos recursos.
Esta interacción se vio fortalecida en la década del ‘80,
sin embargo los acelerados cambios en el contexto
internacional, la profunda transformación en los contextos
políticos internos y las organizaciones, han llevado a las
OSC’s a una fase de transición, caracterizada por un
replanteamiento de su rol, acercamiento con su entorno
social, autocrítica y formulación de alianzas intra e
intersectoriales. Hay señales que reflejan este nuevo
contexto de participación ciudadana, como la mayor presencia
en los medios de comunicación; nuevas estrategias de
publicidad de sus campañas, programas y proyectos; mayor
involucramiento en actividades de educación en desarrollo;
y, mayor descentralización de actividades, reflejada en el
asociacionismo local.
Aunque se discuten los alcances de su conceptualización, en
un contexto general, las OSC’s son asociaciones
instititucionalizadas, privadas, sin fines de lucro,
autogobernadas, no partidarias que presentan una variada
tipología en la realidad social latinoamericana. En la
región, que en general son numerosas, se dedican a diversos
fines sociales, entre los que destacan intereses de base; de
defensa y ampliación de derechos; de gestión cultural; de
capacitación comunitaria; de control de la transparencia
pública; de asistencia financiera; y, gremiales y
corporativas.
El rico universo de estas asociaciones civiles es amplio y
heterogéneo; sus características varían dentro de cada país
y entre países; muchas cuentan con el reconocimiento
jurídico expreso del Estado y otras no, pero de todas formas
tienen libertad para desarrollar sus actividades porque la
ciudadanía cuenta con los derechos de asociación y libre
expresión reconocidos constitucionalmente y en varios
instrumentos internacionales de derechos humanos.
Contabilizarlas presenta serias dificultades, sin embargo,
en algunos países, se han realizado proyectos para hacer una
estimación lo más aproximada posible para conocer el alcance
de las mismas, como el caso de Colombia, Honduras y Brasil.
Sólo este último país registraba, en 2001, alrededor de
300.000 entidades reconocidas como asociaciones sin fines de
lucro.
En este proceso de crecimiento cuali-cuantitativo de las
OSC’s, lo que no cabe duda es que la influencia de este
sector en la sociedad política representa una nueva fuente
de demandas sociales, reacomodamiento de todas las
asociaciones civiles, redefinición de prioridades
estratégicas del gobierno, replanteamiento de la agenda de
los partidos políticos y una nueva articulación de las
relaciones sociales. Aunque el análisis de la legitimidad de
su influencia política aún es discutible, resulta innegable
que el desarrollo de la sociedad civil organizada en los
últimos decenios es un fenómeno político y cultural que se
ha constituido en un nuevo espacio de formación de la
conciencia e identidad colectiva.
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