|
|
|
La
legitimidad de los actores sociales en
Honduras:
Desafíos
para fortalecer un contrapeso al poder
tradicional
|
|
Por. Álvaro Calix
Desde finales de la década de los ochenta se observaron
en Honduras importantes cambios en el tipo de actores
sociales que intervienen en el espacio público. Este relevo
de actores también implicó cambios en las estrategias y
objetivos de la acción colectiva. Este fenómeno sucedió en
paralelo con la pérdida de centralidad de los llamados
viejos actores sociales (sindicatos, estudiantes,
campesinos, principalmente).
Los planteamientos reivindicativos de agenda amplia que se
observaban en los sesenta y los setenta fueron
desdibujándose con los nuevas reivindicaciones específicas
que recogían y llevaban al espacio público varias
contradicciones sociales no muy visualizadas por los viejos
actores. Son varios factores los que podrían explicar estos
cambios. Dos variables exógenas ameritan un especial
señalamiento: a) el cese formal de la bipolaridad Este-Oeste
y de las repercusiones directas de la “guerra de baja
intensidad” en Centroamérica, y b) las luchas
reivindicativas de ciudadanía diferenciada que tuvieron como
epicentro a la Europa Occidental, y que poco a poco fueron
perneándose incluso en sociedades subdesarrolladas, las
cuales pese a no tener aún consolidadas las garantías
básicas de la ciudadanía homogénea, adoptaron varias de las
luchas sociales que habían surgido en Europa
(reivindicaciones de género, derechos multiculturales,
derechos de la niñez y adolescencia, medio ambiente, etc.).
Como factores endógenos pueden nombrarse los procesos de
deterioro institucional, coptación, autoritarismo y falta de
transparencia de los llamados viejos actores sociales, sin
dejar de mencionar las prácticas sistemáticas de cooptación,
intimidación y otras formas represivas que el Estado
emprendió en contra de no pocos dirigentes y organizaciones
sociales de aquella época.
Más allá de las críticas estructurales que se puedan hacer
al nuevo escenario de la organización social en Honduras, lo
cierto es que el panorama ha cambiado y subsisten
importantes desafíos para los actores sociales, que ameritan
nuevos esquemas de organización y de incidencia pública.
Desde una perspectiva pragmática y comprometida con la lucha
social dentro de las coordenadas y principios democráticos,
entre algunos desafíos apremiantes se pueden señalar los
siguientes:
|
- Fortalecer los procesos de indagación social previos a la
intervención: Las condiciones objetivas para la investigación
social en el país dejan mucho que desear. Las universidades
carecen por regla general de condiciones favorables para este
rubro. Las universidades públicas suelen dedicar montos
raquíticos para incentivar la investigación de calidad, en tanto
que las universidades privadas no dan cabida a las ciencias
sociales, al decantarse casi en forma absoluta por las áreas
administrativas, empresariales, informáticas e ingenieriles. A
la par se observa una oferta ínfima de institutos o centros
privados de investigación social. Así que buena parte de lo poco
que se produce en el país corre a cargo de consultorías
presionadas por el corto plazo, que por lo general no presentan
condiciones de contexto adecuadas para profundizar de manera
integral en los procesos societales que generan la exclusión
social. Se dice que “abundan” los estudios, pero con una óptica
rigurosa esa frase no soporta la comprobación, Y es que puede
que haya saturación de estudios en ciertas áreas, consideradas
como rentables o susceptibles de captar fondos, pero en realidad
no existen, salvando excepciones, estudios sistemáticos sobre
los fenómenos sociales que partiendo de una línea basal tengan
continuidad y actualización en el tiempo para monitorear el
comportamiento de los hechos sociales. Por otra parte, también
se detectan varias áreas trascendentes sin mayor indagación
científica.
Para mejorar los niveles de intervención social de las
organizaciones de la sociedad civil se requiere una buena base
investigativa que recopile información, procese e interprete las
dinámicas que están observándose en el país, y con ello afinar
las prioridades y las estrategias de intervención. Así como se
detectan debilidades en el campo investigativo, también se
observan en materia de la incidencia, acompañamiento y monitoreo
de políticas públicas.
|
- Democratización interna: Los problemas de legitimidad y
representatividad minan en mucho la credibilidad de las
organizaciones sociales. La perpetuación de cuadros gerenciales
y/o directivos, los vínculos insuficientes con una base social,
las prácticas auto referenciadas, dañan el posicionamiento de
las organizaciones no sólo ante las autoridades públicas con las
que interactúan, sino que también daña su imagen frente a la
ciudadanía.Las tareas de democratización interna son un reto
insoslayable para fortalecer el tejido asociativo en el país,
incluye no sólo los mecanismos de selección de los cuadros
directivos, sino los mecanismos de rendición de cuentas y la
interiorización de la cultura de la transparencia en las
organizaciones.
|
- La sostenibilidad de las organizaciones: La estructura de
oportunidades e incentivos para la asociatividad no privilegia
en este momento la adecuada continuidad en el tiempo. Salvando
excepciones, esto repercute no solo en la volatibilidad
organizacional, sino también incide en una volatibilidad
temática, ya que siendo los recursos de la cooperación
internacional una importante fuente de algunos tipos de
organizaciones, las agendas propias entran a veces en conflicto
con las oportunidades de financiación, con lo que pocas pueden
especializarse y profundizar su intervención y acción social.Es
importante, sin caer en la lógica mercantilista que en ocasiones
se promueve, que las organizaciones sociales puedan diversificar
su fuente de recursos y aportaciones, no sólo en dinero, también
en aporte en otros rubros, incluyendo en algunos casos
facilidades de operación propiciadas por el Estado o el
Municipio -siempre y cuando ello no signifique cooptación.
|
- Articulación en la diversidad: Si se acepta el supuesto de
que estamos en una época de mayor diferenciación funcional, y
por ende de mayor complejidad, es entendible que los actores
sociales intenten reducir la complejidad asumiendo algunos temas
que les despierten mayor sensibilidad o atracción. En efecto,
cierta especialización es deseable para poder profundizar en una
adecuada intervención social, así como para ganarse la confianza
como interlocutores válidos en tal o cual temática. El problema
radica en que por especializarse en demasía, se pierda
sensibilidad y empatía por otros temas prioritarios de la
sociedad. No significa que cada actor social deba ser
omnipresente en cada tema, pero si que deben estimularse los
vínculos de articulación en torno a una agenda consensuada de
país, que permita fortalecer esfuerzos y permita respuestas
solidarias que potencien la acción colectiva. De lo contrario el
status quo percibe la debilidad de los actores sociales y trata
de neutralizarlos o reprimirlos puntualmente, incluso utilizando
novedosas formas clientelares, sabiendo de antemano que en
general la articulación social es todavía débil en el país.
La aparición de colectivos, foros regionales y redes temáticas
es un buen síntoma en el país, e indica que existe algún nivel
de conciencia sobre el desafío de la articulación, por lo que
debe seguirse en esa dirección en torno a temas país que además
puedan ser susceptibles de tener un mayor acompañamiento
ciudadano, temas que fluyan desde la realidad cotidiana de las
personas, especialmente de aquellas que viven en contextos de
mayor exclusión social.
Los retos anteriores requieren ser abordados por los diferentes
actores sociales mediante un proceso que permita repensar la
conciencia y la acción colectiva, de cara a construir y
articular movimientos populares que tengan capacidad de
propuesta, incidencia y monitoreo de los asuntos públicos, con
una adecuada legitimidad y representatividad social que cambie
las actuales relaciones de poder que prevalecen en el país.
El fortalecimiento progresivo de la legitimidad de los actores
sociales puede influir favorablemente el proceso de
consolidación democrática, y de manera puntual, vendría a
reforzar el contrapeso necesario que se precisa para reducir la
discrecionalidad extrema que a veces parecen detentar los
sectores que ejercen el poder político desde esquemas
tradicionales basados en el clientelismo, el sectarismo, la
cooptación y el caudillismo.
Quizás parezca una afirmación de Perogrullo, pero vale la pena
reiterar que no existe todavía en el país una agenda y una
estrategia consensuada por las organizaciones sociales que
contrapese la agenda de los grupos fácticos que definen las
coordenadas erráticas de un país inmerso en la postergación y la
desigualdad. Conviene por lo tanto repensar estratégicamente
acerca de los pasos requeridos para articular un movimiento
social con capacidad de deliberación en el espacio público, que
rescate tanto el espacio parlamentario como el
extraparlamentario para incidir notablemente en la formulación y
puesta en marcha de políticas públicas incluyentes.
|
|
|
|