En 1996 una encuesta de opinión promovida
por el Comisionado de los Derechos Humanos, encontró que
para la población la delincuencia figuraba como el principal
problema que enfrentamos los hondureños, apenas superado por
el tema económico que la condiciona y que incluye el
creciente desempleo, el alto costo de la vida, el
crecimiento acelerado de la pobreza y marginalidad.
La lucha contra el delito común aparece
entonces como el tema prioritario en la agenda de los
políticos de nuestro continente. Y es que es innegable que
en Honduras el crimen ha crecido.
Fuentes policiales dan cuenta que entre
1992 y el 2,000 la recepción de denuncias por delitos tuvo
un incremento de mas de un 400%, pasando de 13,192 denuncias
recibidas a 54,270.
Tegucigalpa y San Pedro Sula (las dos
ciudades más urbanizadas del país, y en donde son más
visibles la inequidades sociales, la falta de oportunidades
y el desempleo) aparecen como las zonas de mayor
concentración del delito, con un 54% del total de denuncias
recibidas. Paradójicamente son las zonas urbanas donde la
presencia policial aparenta ser más articulada y en donde
funcionan las principales instituciones del sistema penal.
También las fuentes policiales arrojan que
en esas zonas los delitos contra la propiedad son los que
más se presentan en la vida cotidiana del hondureño, así el
robo y el hurto concentran el 50% del total de denuncias
recibidas en el 2,000, seguido por los delitos varios con un
34% (amenazas, estafas, violaciones, etc.) y en un 16% los
delitos contra la vida.
Los lugares donde se cometen
principalmente los delitos contra la propiedad son la calle
y en el barrio, por lo que aparecen así como los lugares más
inseguros.
Analizando estos datos no es de
extrañarnos que los sentimientos de inseguridad y de miedo
al crimen en la población se centran en los delitos contra
la propiedad, por lo que las ofertas políticas en materia
policial se dirigen primordialmente al combate a la
criminalidad común dejando a un lado y a veces omitiendo
totalmente la persecución de delitos como el narcotráfico,
el lavado de activos, los fraudes tributarios, la
malversación de caudales públicos, las quiebras fraudulentas
de entidades financieras.
Llamamos la atención en que el juzgamiento
y la acción civil de los efectos de uno solo de estos
delitos equivaldría a la recuperación de la cuantía por
daños de cientos de delitos comunes y ofrecería al Estado el
recobro de los recursos necesarios para mejorar la inversión
social en áreas especialmente vulnerables al crimen.
En la medida que los sentimientos de la
población hacia el delito común se enervan y las
preocupaciones estatales concentran su atención en los
delitos menores: surgen iniciativas de Estado como La cero
tolerancia o políticas de mano dura, que son las principales
importaciones que en materia de lucha contra la criminalidad
común emulan nuestros sistemas policiales.
Doctrinariamente la Cero Tolerancia es una
política fundamentada en golpear duro al delito común
dándole mayores atribuciones a la policía para la "lucha"
contra la delincuencia con el objeto de "mantener todo en
orden" y mantener a "raya" los posibles focos de
criminalidad.
Por regla general las políticas de Cero
Tolerancia van acompañadas de procesos de reformas a la
legislación que aumenta las facultades discrecionales de la
policía para intervenir en infracciones menores y aun en las
faltas municipales (ebriedad pública, prostitución,
mendicidad, etc.), ejemplo de la ampliación de estas
facultades es la potestad atribuida a la policía de emitir
ordenes de arresto prescindiendo de la figura del juez y el
fiscal, hacer "requisas personales", realizar "inspecciones
e investigación corporal" y "registrar vehículos" sin orden
judicial, sin consentimiento de la persona, siempre que haya
"sospecha grave y urgencia" y la verdad es que en la
practica nuestras sociedades siempre se hayan en estado de
emergencia frente al crimen, por lo que paralelamente
tienden a subir las estadísticas de denuncias por
violaciones y abusos de autoridad policiales.
Estas facultades impropias otorgadas a la
policía, sin previsión de órganos de control, violentan los
principios del Estado democrático y de derecho, y nos
acercan a modelos de Estados policíacos que criminalizan la
miseria y la marginación, y cuya expresión nítida es el
aumento de las poblaciones carcelarias, en donde la
privación de la libertad se da en condiciones promiscuas y
degradantes, solo en Honduras el número de presos sin
condena alcanza mas del 80% del total de detenidos.
Y es que mientras los sistemas penales se
sustentan en principios de racionalización del uso de la
fuerza e intervención mínima del poder penal, las
estrategias policiales de Cero Tolerancia abogan por una
mayor intervención de las policías en la persecución incluso
de las faltas leves. Se cree que al combatir los delitos
menores se previenen infracciones mas graves, por lo que la
cárcel aparece como la solución a todos los hechos
criminales.
En Honduras el operativo de guerra contra
la delincuencia se inició el 30 de enero del 2,002, hace
exactamente 26 días, las estadísticas policiales dan cuenta
de una reducción de las denuncias y reportes de delitos
cometidos a apenas unos cientos de hechos criminales en el
ámbito nacional; sin embargo el número de detenidos en 26
días en celdas las policiales ha llegado a sobrepasar en
estos días mas de 5,200 personas, de las cuales solo un
aproximado de un 8% ha sido arrestado por su participación
en delitos.
Nuestra Constitución de la República
autoriza a cualquier persona a arrestar al delincuente
infraganti; al que no lo es solamente puede ser arrestado
mediante orden de captura de juez o fiscal y siempre la
detención debe estar asociada a la comisión de un hecho
delictivo.
La pregunta que nos hacemos es: ¿Si solo
el 8% de los mas de 5,200 arrestos en el ámbito nacional
corresponden a hechos delictivos, por que motivo legal han
sido detenidas el restante 92% de personas capturadas
durante los operativos combinados de Guerra contra la
delincuencia?
La respuesta la conocemos todos, aunque la
acallemos: son jóvenes de extracción popular, detenidos por
su vestimenta, por tener un tatuaje, caminar en grupos, por
estar parados en las esquinas, o por cualquier excusa.
Existen ya denuncias de padres de familia de jóvenes y de
los jóvenes mismos acerca de lo indiscriminado que han
resultado los operativos en estos días, cualquier
adolescente es detenido en las calles, desvestido para
buscarle tatuajes y lo tenga o no, es finalmente llevado a
celdas policiales en una actitud que nos recuerda mas la
xenofobia y la discriminación, que una política clara de
lucha frontal contra el delito. Alertamos que el resultado
nos puede llevar a extremos de intolerancia, al abuso de
poder sobre los más débiles y como ha sucedido ya en otras
sociedades a los crímenes de odio contra amplios sectores
poblacionales.
El operativo combinado y la presencia del
ejercito en la calle es otro tema de preocupación, el
monopolio del ejercicio legal de la fuerza y la represión
penal es una facultad exclusiva e indelegable de las
autoridades del sistema penal: policías, fiscales y jueces.
El rol de los ejércitos en sociedades
democráticas es garantizar la seguridad externa, colaborar
durante situaciones de emergencia con las autoridades
nacionales, pero nunca ejercer por sí las labores
policiales. Actualmente los soldados andan solos en las
calles, además de que carecen de facultades legales para
realizar arrestos y requisas, no tienen tampoco la
preparación y el entrenamiento para relacionarse con el
ciudadano, desconocen las reglas mínimas de Naciones Unidas
sobre el uso legitimo de la fuerza para autoridades
policiales.
El Estado no debe delegar jamás a un ente
impropio una facultad que se relaciona directamente con uno
de los mas preciados derechos individuales como lo es la
libertad personal.
Los Operativos de Guerra contra el Crimen
tampoco han dado muestras de pretende erradicar el
narcotráfico, la violencia contra la mujer y la violencia
intrafamiliar, las violaciones sexuales, el trafico de niños
y su explotación y abuso físico, entre otros delitos que tal
vez no son los más en las estadísticas de crimen, pero cuyo
impacto social afectan la calidad de vida de las personas
que los sufren.
No desconocemos que los operativos
indudablemente han contribuido a rebajar las estadísticas de
criminalidad común, contribuyendo a aumentar los
sentimientos de seguridad frente al delito común.
Efectivamente necesitamos y abogamos porque se debe luchar
contra la delincuencia pero el problema es con qué medios y
cómo se hace.
¿Qué se necesita: más represión o medidas
de fondo para dar trabajo y educar a la juventud?
? Se exige tolerancia cero hacia abajo,
pero no hacia arriba ¿ Aún están vigentes las leyes que
facilitan la impunidad de altos funcionarios públicos para
ser investigados por actos de corrupción?.
? Se habla de mas recursos para la
policía, casi 600 millones adicionales, y no se informa de
donde saldrán las partidas o habrá de sacrificarse programas
sociales del Estado.
? Tampoco se cuenta con informes del
resultado de los procesos de depuración policial o de los
avances en la profesionalización y educación de la policía
desde una visión democrática y de respeto a los Derechos
Humanos, teniendo en cuenta su pasado reciente vinculado a
la represión militar.
? Los espacios formales de participación y
consulta ciudadana creados en la policía como el CONASIN han
sido replegados y sus decisiones casi nunca tomadas en
cuenta por los titulares de la Secretaria de Seguridad. Al
CONASIN nunca se le ha asignado la partida presupuestaria
que manda la ley a fin de que cumpla su rol de asesorar en
la construcción de políticas integrales y participativas de
seguridad ciudadana.
? Tampoco se dice nada de los avances o no
en la investigación de las ejecuciones o asesinatos de mas
de 1,600 jóvenes en menos de tres años, no se da cuenta de
cómo el sistema judicial, la policía incluida, habrá de
participar en la persecución de los delitos económicos o de
'cuello blanco' que implican el soborno, los fraudes
tributarios, la quiebra de financieras, el lavado de
activos, etc. Si es que hay alguna estrategia a este
respecto.
Finalmente señalamos que la lucha contra
la criminalidad debe enmarcarse en una estrategia de
Seguridad ciudadana que articule las diferentes dimensiones
de la inseguridad y la criminalidad, que se coordine
adecuadamente con el sistema de justicia penal, que priorice
la consulta ciudadana en la definición de objetivos y metas
de la intervención policial, que se sustente en la primacía
del Poder Civil y en la seguridad de las personas y sus
bienes bajo un marco de respeto absoluto a los derechos y
garantías procesales de los detenidos que prevé el nuevo
Código Procesal Penal.
El reto esencial que una estrategia de
seguridad ciudadana es la consolidación de un entorno de
seguridad y confianza ciudadana, basado en el respeto a la
Constitución de la República y los Convenios
Internacionales, como el Tratado Marco de Seguridad
Democrática en Centroamérica, una política de seguridad que
sea el cimiento del desarrollo social y económico de nuestro
país.
Una adecuada estrategia de Seguridad
Ciudadana debería al menos partir del reconocimiento de
premisas fundamentales, como:
1. Reserva del monopolio del ejercicio de
la fuerza legitima. Cualquier estrategia en materia de
seguridad ciudadana no debe delegar esta responsabilidad.
Los ejércitos no están llamados a cumplir tareas policiales
como realizar detenciones, practicar registros, participar
en allanamientos.
2. La estrategia tiene que ser más
preventiva que reactiva, generar una alerta temprana en la
prevención de los conflictos sociales.
3. La necesidad de profesionalizar la
policía, que mejore sus capacidades de respuesta al crimen
dentro del marco de la ley y el respeto a los derechos
humanos.
4. Promover estrategias incluyentes, donde
la participación de los ciudadanos en las políticas locales
sea un derecho. Una política de seguridad debe ser
ampliamente consultada y debatida por diferentes grupos
sociales.
5. Que existan estrategias dirigidas a los
delitos No Convencionales, cuyo daño económico desequilibra
nuestras endebles economías, además que afecta a mayores
grupos poblacionales, aun cuando la comunidad desconoce que
se están cometiendo estos delitos.
6. Que se enmarque en el principio de
legalidad, respeto absoluto a la Constitución y los tratados
sobre la materia, es decir que no aumente las facultades
discrecionales de la policía sin control judicial o fuera
del marco legal.
7. Una adecuada coordinación con todas las
entidades del sistema de justicia, que permita la
realización de detenciones licitas, un oportuno manejo de
las pruebas, la sustentación adecuada y pronta de los
procesos penales, y la efectiva rehabilitación carcelaria.
Finalmente reflexionamos que si se quiere
resolver a profundidad la delincuencia y la inseguridad
ciudadana hay que atacar a fondo las causas, principalmente
la desigualdad de nuestra sociedad. En nuestro país hay una
salud y educación para los ricos y otra para los pobres.
El Estado esta obligado a proveer los
medios para asegurar la calidad de vida, la satisfacción de
necesidades en un clima de tranquilidad mínima para una
existencia social sin traumas.
Tenemos que construir juntos una sociedad
más democrática y solidaria en donde la persona humana sea
realmente el fin superior del Estado.