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Pandilleros: ¿limpieza social en las
cárceles?.
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Ismael Moreno
Tomado de la revista Envío
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El 5 de
abril en la mañana la granja penal El Porvenir, ubicada en
la
norteña ciudad de La Ceiba se convirtió en una carnicería
humana. En
menos de una hora 69 muertos y 39 heridos yacían
ensangrentados en las
instalaciones carcelarias. Sesenta y uno de los muertos eran
jóvenes de
la Mara 18, cinco eran reos comunes no pertenecientes a
maras y tres
eran mujeres que visitaban a sus presos, una de ellas menor
de edad. La
versión oficial preliminar informó que se trató de una
batalla campal
entre mareros (pandilleros) y policías guardianes. Sin
embargo, no hubo ni
un solo policía muerto, ni siquiera uno herido. Al menos la
mitad de
los cadáveres de los mareros estaban completamente
carbonizados. Todos
los heridos eran también pandilleros.
Horas
después llegó al lugar el Presidente de la República,
Ricardo
Maduro, asegurando que “por primera vez” se haría una
investigación
exhaustiva y se haría caer todo el peso de la ley sobre los
responsables de
la masacre. De inmediato, nombró una comisión investigadora
que más de
un mes después de los sucesos seguía en “plena
investigación” sin
encontrar aún ninguna señal que apuntara a identificar a los
responsables.
UN CONFUSO CAOS CON RESULTADOS DANTESCOS
De acuerdo a los medios masivos de comunicación la matanza
fue el
resultado de un enfrentamiento entre mareros y otros
internos del penal. La
versión oficial da cuenta que “Boris”, líder de los mareros,
inició la
trifulca tras reclamarle a otro interno, no marero, Edgardo
Coca, por
ser responsable del desarme que dos días antes había
efectuado la
seguridad del presidio con ayuda de agentes de la policía.
En ese
operativo de desarme, les habrían decomisado a los mareros
diversos tipos de armas y en castigo los habían confinado a
dos celdas. Una
vez concluido el castigo, “Boris” y los suyos reclamaron a
Coca,
discusión que culminó con el asesinato del jefe de
disciplina, José Alberto
Almendárez, quedando Coca gravemente herido. Según la misma
versión
oficial, los pandilleros utilizaron todo tipo de armas, y
una vez realizado
el “desquite”, prendieron fuego al penal sacando todas las
armas que
poseían y disparando. Ante esto, los internos de seguridad
-“rondines”
según el argot presidiario- tuvieron que responder. Al
término de este
caos, el espectáculo que apareció ante los ojos de los
hondureños
resultaba dantesco: decenas de cuerpos calcinados, otros
descuartizados,
piernas, brazos y dientes esparcidos a todo lo largo del
presidio.
“NOS QUEREMOS REHABILITAR, DÉNNOS UNA OPORTUNIDAD”
Habla un sobreviviente: “Salimos de la celda rendidos, con
las manos en
la cabeza, y los policías nos fusilaron”. Se llama Enrique e
integra la
Mara 18. Habla desde el hospital de La Ceiba, fuertemente
resguardado.
“Nos rendimos -afirma- y ellos, los policías, comenzaron a
hacer eso.
Nosotros caímos heridos, y ellos continuaron disparando. No
hay nada de
cierto en lo que dicen en los periódicos. Yo se que cada
quien va a
responder de sus verdades y sus mentiras ante Dios”. Según
su relato: “Yo
estaba en la cancha de básquet cuando comenzó el problema
entre
nuestros líderes y los rondines. Ahí sonaron los primeros
disparos, en la
celda quince, que servía de oficina a los internos. Es
cierto: Boris y
otros cheros hirieron al jefe de los presos y mataron al
jefe de
disciplina. Cuando apareció la policía todo mundo se fue a
las celdas, y el
muerto y el herido quedaron tirados en el piso. Vinieron los
policías y
comenzaron a disparar sobre nosotros. Y ellos mismos, con
ayuda de los
internos le metieron fuego a la celda en donde estaban más
de cuarenta de
los nuestros. Por suerte yo no estaba en esas celdas y sólo
recibí este
balazo que me tiene quebrado
el brazo”.
De
acuerdo al relato de este sobreviviente, los mareros corrían
de un
lado para otro, y por todos lados les disparaban. Se
concluye, a partir
de su versión, que existía la decisión policial de
exterminar a todos
los mareros y que los internos no mareros tomaron machetes y
cuchillos y
con el visto bueno de la policía destazaron a los mareros
dentro de la
celda. Todas las armas usadas ya estaban dentro del recinto
penitenciario, y tanto las armas de los mareros como las de
los otros internos
ingresaron al penal por un proceso de corrupción en el que
participaron la
policía y los responsables inmediatos del penal.
“Yo le digo a la sociedad y al gobierno -clama el
sobreviviente- que
nos queremos rehabilitar, que nos den una oportunidad. Hemos
querido
cambiar, pero lastimosamente no nos apoyan en este país,
nadie nos da
trabajo si nos ven tatuados.
Nosotros
tenemos derecho a un trabajo, a una casa, a ropa, a un
carro,
pero nadie nos apoya. Se olvidan que también tenemos
familia, hijos que
alimentar. Pero nos toman como si no fuéramos de la sociedad
y hay
gente que hasta paga porque nos anden matando por ahí, y así
esto nunca va
a terminar. Nosotros no sólo estamos hechos de violencia. Y
ya la
queremos parar. Por favor, queremos una oportunidad de parte
de ustedes, de
la sociedad, del Presidente o de quien sea”.
DATOS QUE ASUSTAN: UN EXTERMINIO “OFICIALIZADO”
Lo sucedido en la granja penal El Porvenir es un hecho
particularmente
trágico. Pero no ha sido el único ni debe verse como un caso
aislado o
puntual ni previsiblemente será ni el último ni el más
pavoroso en la
lista de los horrores. Unos días antes de este hecho, siete
mareros
aparecieron “misteriosamente” muertos en el penal de San
Pedro Sula. Todas
estas muertes deben inscribirse en una campaña de “limpieza
social” que
se ha extendido a las cárceles del país, en donde el Estado
tiene total
responsabilidad como garante de los derechos de las personas
que allí
están sin libertad y bajo su custodia. Las ejecuciones de
menores
pandilleros, vinculadas a estructuras de la policía
hondureña, se expresó de
manera espantosa en la masacre del 5 de abril, y forma parte
de una
campaña más amplia que abarca las cárceles, las calles y los
barrios
marginales en donde se concentra la población juvenil más
empobrecida y
violenta.
Los datos
asustan. En 1998 se documentaron 97 casos de ejecuciones
extrajudiciales vinculadas a estructuras estatales. En 1999
fueron 277. En
el año 2000 las ejecuciones fueron 207. En 2001 llegaron a
430. En
2002, la cifra alcanzó las 556. Sin duda alguna, los datos
apuntan a una
política de Estado en contubernio con poderosos grupos
empresariales. Se
ha “oficializado” el “exterminio” de un grupo específico de
la
sociedad: los mareros.
Este
exterminio se desarrolla en calles y barrios de las
ciudades, y al
extenderse a las cárceles agrava en extremo la problemática
de un
sistema penitenciario que ya venía constituyendo una
peligrosa bomba de
tiempo.
EPISODIOS TRÁGICOS EN SERIE
En la historia de la violencia intracarcelaria en Honduras
ha habido ya
varios episodios trágicos: incendios que arrasaron los
penales de Santa
Bárbara y Copán en el occidente del país, y acabaron
parcialmente con
el de Trujillo en el Atlántico; motines en la oriental
ciudad de Danlí y
en Olanchito (departamento de Yoro); intentos de rebelión en
Tela y
Gracias a Dios, en el Atlántico. El 12 de noviembre de 1999
murieron 11
personas y 31 resultaron heridas en incidentes ocurridos en
el centro
penal de San Pedro Sula. También se produjeron hechos
similares a finales
de 1998 en Tegucigalpa, y en marzo 2000 en San Pedro Sula.
El 21 de
marzo de 2003 siete pandilleros de la MS fueron encontrados
muertos en dos
celdas del penal sampedrano.
No hay
duda que la violación más dura y cruda de los derechos
humanos
se expresa a plenitud en el sistema penitenciario de
Honduras. Motines,
violaciones sexuales, asesinatos, suicidios y drogadicción
abundan en
las deterioradas instalaciones del sistema penitenciario,
donde la
ausencia de una recta aplicación de la justicia convierte
las cárceles en
hacinados centros de deformación social, bombas de violencia
que amenazan
con estallar a diario, como en efecto viene sucediendo desde
hace años
hasta llegar a la masacre en El Porvenir, y como seguirá
sucediendo
irremediablemente si no se producen transformaciones que son
urgentes.
HACINAMIENTO: MASIVA VIOLACIÓN DE DERECHOS
No es cierto que esta problemática en las cárceles sea
exclusiva de
Honduras en el ámbito centroamericano. Pero sí es cierto que
en Honduras
ha adquirido perfiles mortales más evidentes. Las cárceles
centroamericanas albergan a unos 200 mil presos. Más de 12
mil están en las cárceles
hondureñas. En su mayoría, más de 9 mil, son presos sin
juicio y sin
condena.
En
Centroamérica, Honduras está a la cabeza en cuanto a presos
sin
condena y en cuanto a índices de hacinamiento en las
cárceles. Se estima
que donde se construyeron instalaciones para albergar a
cinco reos, las
autoridades mantienen encerrados a treinta y hasta a
cincuenta. En los
24 centros penales, construidos para 218 presos cada uno, se
concentra
un promedio de 462.
La granja
penal El Porvenir fue construida para 240 reos. El día de la
masacre había allí 571. El hacinamiento contribuye
significativamente a
que las cárceles hondureñas sean escuelas reproductoras de
violencia,
en las que mientras muchos se gradúan en el
perfeccionamiento del
delito, otros esperan su libertad en una absurda y
prolongada espera que sólo
intensifica sus traumas. A propósito del hacinamiento en las
cárceles,
Leo Valladares, quien fuera Comisionado de los Derechos
Humanos, ha
definido así la situación: “Podemos aseverar, sin temor a la
exageración,
que estamos ante violaciones masivas y sistemáticas de los
derechos
humanos de la población interna”.
REFORMAS SÓLO COSMÉTICAS
Los más de 9 mil presos sin sentencia encerrados en cárceles
expresan
la incapacidad del sistema judicial nacional. El propio
Presidente
Maduro declaró que la justicia en Honduras adolece de “una
preocupante
mora”, que va más allá de una simple retardación en la
decisión de los casos
sometidos a su conocimiento, y que esta situación anula los
derechos
constitucionales de los encausados.
No sólo
hay retraso en la aplicación de la justicia. Se trata
también
de un poder judicial politizado, y por tanto corrupto, que
se pliega a
los intereses de los que concentran el poder político y
económico del
país. Esto no permite garantizar procesos transparentes, sin
dilaciones,
imparciales e independientes. En este contexto, muchos
defensores
públicos se han convertido en simples tramitadores de
fianzas, no informan a
los detenidos sobre sus casos, y han desatendido la Ley del
Reo sin
Condena y otros instrumentos de protección para las personas
privadas de
libertad.
En el
terreno de los hechos ha quedado en evidencia que las
reformas
judiciales realizadas en los últimos años han resultado
insuficientes y
no han pasado de ser retoques paliativos y cosméticos que
maquillan un
problema que es sistémico. Ninguna reforma ha logrado hasta
ahora
cambios profundos que incidan en las condiciones
infrahumanas en las que
viven miles de personas privadas de libertad. La Ley del Reo
sin Condena se
ha aplicado de manera tardía, las Juntas de Cooperación y
Control de
Centros penitenciarios no han funcionado, y el traslado y
manejo de los
centros penales desde la Secretaría de Gobernación y
Justicia a la
Secretaría de Seguridad no ha significado ningún avance que
garantice a los
internos el respeto a sus derechos humanos.
UN CLIMA DE VIOLENCIA QUE GENERA VIOLENCIA
Otro grave problema en las cárceles hondureñas es la
violencia que
domina en ellas. Es un dato visible. El actual sistema
carcelario es un
sistema violento, que educa para la violencia y que se nutre
de la
violencia. Ejerce violencia y acumula violencia. En las
cárceles se condensa
la violencia de la sociedad.
Esta
violencia no es sólo consecuencia del hacinamiento. También
lo es
de la falta de voluntad política para aplicar efectivamente
la Ley de
Rehabilitación del Delincuente y su reglamento. Es fruto del
retardo de
la justicia, de la corrupción vinculada al tráfico de armas
y de
drogas, y de la inexistencia de programas educativos y
recreativos que
colaboren a la rehabilitación y a la readaptación en una
vida
post-carcelaria. El hecho de que miles de personas vivan
hacinadas y en condiciones
tan lamentables es una más de las formas de tratamiento
cruel, inhumano y
degradante, en el que se expresa la violación a derechos
humanos
establecidos en normas internacionales reconocidas y
ratificadas por el
Estado hondureño.
La
corrupción que impera en los centros penales del país es un
factor
que genera mucha violencia. En el operativo realizado antes
de la
masacre de El Porvenir se decomisaron cuarenta y dos puñales
y cuatro
machetes. Durante el sangriento motín, algunos internos
portaban armas de
fuego de diverso calibre y una granada. Está clara la
responsabilidad de
las autoridades del centro penal en el tráfico de armas al
interior de la
cárcel. ¿Cómo creer las afirmaciones de personeros del
gobierno en el
sentido de que las autoridades del centro no conocían ni
tenían siquiera
indicios del movimiento de armas y drogas dentro de la
granja penal?
¿No resulta especialmente llamativo que el operativo de
desarme estuviera
dirigido exclusivamente a desarmar a todos los miembros de
la Mara 18,
sesenta y uno de los cuales murieron en la matanza?
VIOLENCIA EN LAS CÁRCELES: VIOLENCIA EN LA SOCIEDAD
La violencia en las cárceles refleja la violencia en la
sociedad. A las
cárceles van a parar aquellos sobre quienes la sociedad
ejerce a dario
violencia económica, política y cultural. La pobreza, que
afecta a un
altísimo porcentaje de la población hondureña, la
inoperancia y falta de
confianza en el sistema judicial y en la policía, han ido
dejando una
densa estela de inseguridad en el país.
Los
grandes medios de comunicación manejan consignas para
“interpretar”
la violencia y la inseguridad que reinan en la sociedad:
responsabilizan de todo esto a las maras, a las pandillas. Y
les sobran percepciones
para alimentar sus argumentos. Sin embargo, las estadísticas
no los
respaldan: la delincuencia juvenil apenas significa el 5% de
todas las
infracciones, crímenes y delitos cometidos en el país.
Según el
informe de enero 2002 del Comisionado Nacional de los
Derechos
Humanos, dos terceras partes de todos los menores muertos de
manera
violenta en el país ni pertenecían a pandillas ni tenían
antecedentes de
infracción de leyes. El informe sugiere que su asesinato se
produjo al
ser identificados por su vestimenta y apariencia como
miembros de maras.
Resulta difícil no sospechar que tantos asesinatos en serie
no formen
parte de una campaña nacional de “limpieza social” impulsada
por
diversos sectores de la sociedad hondureña, con el respaldo
de algún sector
empresarial y con la complicidad -o la tolerancia- de
autoridades
gubernamentales.
Los
horrendos sucesos de la granja penal El Porvenir muestran
que esta
campaña de limpieza social se ha extendido a las cárceles,
lo que
permite concluir que la violencia juvenil y los asesinatos
en serie, en
lugar de disminuir con la política de Cero Tolerancia
proclamada por el
Presidente Maduro, se ha agudizado, incrementando el estado
de espanto en
toda la sociedad. Ante estos hechos, suena hoy como broma de
mal gusto
el compromiso hecho por Maduro cuando era candidato
presidencial: “La
inseguridad deberá ser combatida con acciones que creen una
cultura de
respeto a la ley, de paz y de no violencia, de respeto a la
vida y a los
derechos de los demás, de tolerancia de las diferencias y
creencias que
no transgredan la moral, la ética, las buenas costumbres y
el orden
público”.
Las
ejecuciones extrajudiciales siguen en la impunidad. Y todo
apunta a
una impunidad permanente. No existen investigaciones
efectivas, es
evidente el retardo en los procesos judiciales y son
notables los
entorpecimientos al ponerse éstos en marcha. Tantas
arbitrariedades han llamado
la atención internacional y Naciones Unidas envió a Honduras
a una
relatora especial para que analizara el tema de las
ejecuciones
extrajudiciales y el de las ejecuciones sumarias o
arbitrarias. En su informe,
constató la violación sistemática del derecho a la vida de
miles de niñas,
niños y adolescentes hondureños.
¿Y LAS MUJERES PRESAS?
Siendo las mujeres sólo un 2% del total de la población
carcelaria, en
ellas se expresa con crudeza la discriminación y el abuso de
los que
son objeto todas las mujeres en la sociedad hondureña. Las
mujeres presas
son víctimas de una triple discriminación: la que se deriva
de su
condición de mujeres, la que les impone su situación de
encierro, y la que
sufren todas las personas pobres y excluidas sobre las que
el sistema
penal lanza todo su odio.
Esta
triple discriminación la sienten las mujeres prisioneras de
varias
formas: en la gravidez, en la crianza de sus hijos, en el
derecho a la
patria potestad, en las violaciones sexuales que sufren en
la cárcel,
en el abandono familiar. En muchos casos, las mujeres en
prisión son
chantajeadas por funcionarios penitenciarios que les ofrecen
algunas
“prebendas” a cambio de favores sexuales. El trato es
especialmente indigno
para el cuerpo de las mujeres cuando en las cárceles se
realizan
operativos en busca de armas o drogas.
La
legislación penitenciaria establece que en prisión las
mujeres deben
permanecer separadas de los hombres
y vigiladas por personal femenino. Sin embargo, las cárceles
hondureñas
pasan por alto la ley y las mujeres se ven abandonadas a
suerte,
responsables, a su cuenta y riesgo, de su sobrevivencia
personal, incluso
cuando necesitan de cuidados especiales antes, durante y
después del
parto.
¿PAPELES MOJADOS?
Honduras es signataria de tratados internacionales que
defienden los
derechos humanos, legislaciones que incluyen una extensa y
detallada
normativa para la protección de las personas privadas de su
libertad. Lo
que viene ocurriendo, y que culminó en la masacre en la
granja penal de
El Porvenir, demuestra que el Estado no está interesado en
cumplir los
compromisos que ha asumido internacionalmente.
Aunque la
Presidenta de la Corte Suprema de Justicia de Honduras ha
dicho que el hacinamiento en El Porvenir “no fue el problema
toral de la
matanza”, no hay duda de que mientras no se reduzca la
población
carcelaria jamás se podrá iniciar un proceso para la
disminución de la
violencia y para garantizar un mínimo respeto a los derechos
humanos de los
encarcelados. Lo grave es que no resulta previsible que
disminuya el
número de los potenciales encarcelables. Las leyes vigentes
se encaminan a
penalizar casi todo y a aumentar drásticamente las penas.
El
retardo de justicia, el aumento de las penas, la
legalización de la
cadena perpetua, así como la reducción de los beneficios a
los
reclusos, son factores que contribuyen al hacinamiento, a la
insalubridad y a
la violencia existente en el sistema carcelario del país.
Si la
legislación establece que se garantiza a los reos un juicio
sin
dilaciones como expresión de su derecho a la libertad, de la
presunción
de su inocencia y de su derecho a la defensa, queda claro
que el Estado
hondureño es responsable de violar sistemáticamente los
derechos
básicos de las personas detenidas cuando casi el 90% de la
población
carcelaria no ha recibido sentencia.
En los
tratados internacionales de los que el Estado hondureño es
signatario se establece que las personas presas no pueden
ser sometidas a
penurias o restricciones que no sean las que resulten de la
privación de
su libertad.
El trato a los reos no debe agravar el sufrimiento inherente
a la
privación de su libertad y el sistema penitenciario debe
velar para que se
reduzcan al mínimo las diferencias entre la vida en prisión
y la vida en
libertad. Por tanto, el Estado hondureño es responsable
internacionalmente por no ofrecer a las personas privadas de
libertad condiciones
mínimas que les permitan purgar su pena en las condiciones
de dignidad a
las que tienen derecho como seres humanos.
¿CUÁNTAS TRAGEDIAS MÁS?
Quien visite las cárceles hondureñas podrá observar al
primer golpe de
vista el deterioro físico de los centros, el clima de
violencia
latente, la casi nula atención médica, la carencia de
programas de
capacitación y de re-educación y la absoluta falta de
espacios de recreación. Como
si las cárceles fueran un dispositivo a la espera pasiva de
motines,
incendios y asesinatos masivos. Son urgentes las
transformaciones en el
sistema carcelario hondureño y en el sistema de justicia del
país.
¿Tendrán que multiplicarse tragedias como las de El Porvenir
para que la
sociedad y las autoridades vuelvan su mirada a las cárceles
y a los
encarcelados?.
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