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Ráfagas de Mayo: ¿cómo deconstruir la cultura de la muerte?

La muerte nos visitó con todas sus galas en este Mayo que languidece. Lo del Penal sampedrano vuelve a poner al desnudo la vulnerabilidad social de un país que tiene tiempo para todo, menos para dedicarle serios esfuerzos a desterrar las causas históricas que nos sumen todavía en un agujero negro entre la barbarie y la civilización.

Más allá de las causas inmediatas que pudieron haber generado el siniestro, el incidente es producto de las ya anticipadas consecuencias de una estrategia nacional de seguridad que se olvida de abordar ciertos problemas sociales desde una perspectiva de seguridad humana y de la solidaridad.

Llenar las cárceles de reos sin condena, como un disuasivo para ciertos tipos de criminalidad, ofrece en apariencia réditos inmediatos, incluso hasta en las encuestas de sondeo de popularidad, pero en el medio y en el largo plazo, lo que se genera es un caos y una bomba de tiempo. La raíz del problema de la asociación de jóvenes en maras no se resuelve, como muchos falsamente creen, eliminando físicamente a los jóvenes atrapados en ese inframundo, se resolverá solo cuando los hondureños nos hagamos un solo nudo contra la injusticia, la corrupción y la ignorancia que nos tiene alienados y enfrentados entre nosotros mismos.

Los que realmente le han hecho mas daño a este país, gracias a la ignorancia en que convivimos, suelen pasearse relativamente tranquilos, sin que el peso de las leyes le haya sancionado. Pero, entonces, jugamos a una especie de doble moral: al rico y poderoso que delinque con maneras más sutiles -pero igualmente nefastas-, se le admira y se le teme; mientras que al pobre excluido, aún sin que se le compruebe incluso su culpa, ya es de antemano estigmatizado. ¿Hasta cuándo Honduras vas a perseguir solo a tus hijos más pobres, haciéndote de la vista gorda con los verdaderos pesos pesados?

No se trata de defender antojadizamente a los jóvenes que están en las maras. Los que han cometido delitos, tienen que ser juzgados conforme a las leyes y purgar su pena. No se trata de desmeritar la necesidad de que exista un adecuado control policial en los pueblos y ciudades. Creo que muy pocos se pueden oponer a que mejoremos nuestro Estado de derecho y a luchar por que la impunidad no siga campeando en el país. Sin embargo, es éticamente loable que nos opongamos al ensañamiento y a la perversidad. Si muchos de los jóvenes en maras han cometido actos cruentos y brutales, debemos mejorar nuestros sistemas de prevención, investigación y sanción de los delitos, pero no se puede caer en la tentación de querer hacer una “profilaxis social” a punta de eliminar a como dé lugar a este grupo poblacional… si el país cede a ese bajo instinto, podemos firmar que hemos vuelto a las “leyes de la selva” o a la “Ley de Talión”.

No se puede desear la tragedia al prójimo, sea cual sea lo que éste haya hecho. Se puede desear que el sistema de justicia sancione con firmeza las conductas indebidas o que la providencia neutralice a los que están cometiendo atropellos, pero no se debería desear ni gozar del sufrimiento y el dolor ajeno. Desde una perspectiva espiritual trascendente y/o humanista, produce un hondo sentido de tristeza observar como no faltan voces entre el pueblo que expresan casi regocijo con la mortandad acaecida en el Centro Penal de San Pedro Sula. “Ojalá y hubieran sido más”, “Esta bueno que se hayan podrido esos…”, frases desconsoladoras que reflejan, sí, el nivel de desesperación de los hondureños frente al problema de la seguridad, pero también muestran la pobreza espiritual y la negación del prójimo, ese prójimo que tanto se menciona en los templos religiosos.

Es tiempo ya que el tema deje de enfocarse en un obtuso enfoque electorero. Los candidatos y autoridades públicas deben tener cuidado que sus expresiones no incentiven los bajos instintos de una sociedad que se siente acorralada por la crisis social, y que busca apresuradamente chivos expiatorios para calmar su sed de tranquilidad. Bastaría con que los dirigentes gubernamentales y políticos enfaticen que se están efectuando esfuerzos cuantiosos para mejorar la seguridad pública, pero que también reconozcan la deuda histórica del país en cuanto a propiciar una sociedad más justa, educada y solidaria. De manera que no fomentemos, conciente o inconscientemente, el despertar de odios y deseos por una reprensión cruel del delito.

El odio que hoy se dirige hacia unos, mañana se puede volcar hacia otros. De no mediar para revertir ese sentimiento de satisfacción por la muerte del “otro”, estamos desatando un peligroso detonante de violencia social que, como bien se sabe, es difícil precisar sus alcances y direcciones, pues las coyunturas cambian de modo constante, y así, esa legitimación social hacia la represión y la violencia como castigo puede afectar en mucho la consolidación de una cultura de convivencia, de tolerancia y de búsqueda de soluciones pacíficas a los conflictos. Si hoy no hacemos nada para que emerja un sentido de solidaridad y empatía -que no significa que no se cumplan con firmeza las leyes- mañana será aún más difícil resolver los otros, y no menos importantes, conflictos que sufre esta patria hondureña.

Ojalá, quiera Dios, y nosotros pongamos de nuestra parte, para que como pueblo podamos entender que la inseguridad y la violencia social que hoy nos aqueja no sólo se puede reclamar en la falta de responsabilidad individual de los que cometen directamente los actos brutales y despiadados que se ven en nuestro vivir cotidiano. Existe también una gran cuota de responsabilidad social –colectiva- de cada hondureño y hondureña, quizás algunos en menor medida que otros, pero igualmente responsables por el país construido.

Así, uno se pregunta, si algún día les exigiremos responsabilidad social a los que saturan de violencia y frivolidades las programaciones de muchos medios de comunicación, a los que permiten y realizan una publicidad desmesurada del alcohol, a los que están metidos en el tráfico de otras drogas y de armas, a los padres irresponsables y los hombres machistas que han dejado hijos sembrados por doquier, a aquellos maestros que fallan en su deber de formación ética, a aquellos líderes religiosos que olvidan aterrizar los mensajes y sermones con ejemplos de la actualidad para orientar a los feligreses, a aquellos patronos que explotan a sus trabajadores exigiéndoles horarios extensos que reducen el tiempo que les queda para estar con sus hijos, a los que diseñan y ejecutan las políticas públicas que han generado una economía de la informalidad y la precariedad, a los responsables de la postergación de las zonas rurales y la migración excesiva hacia el exterior o hacia las ciudades más grandes del país para acordonarse en cinturones de pobreza y hacinamiento, a los que gastan cuantiosas cantidades de dinero en promocionar su persona en lugar de destinar esos recursos a las verdaderas prioridades de la gente, a aquellas autoridades que permiten fácilmente la instalación de cantinas, prostíbulos, Night Clubs, pero poco hacen para compensar el déficit de espacios recreativos y de formación cívica, especialmente en favor de los jóvenes…y así, podríamos seguir con esta lista y nunca acabar…

Esperamos que después de esta segunda gran tragedia en las cárceles hondureñas, pueda cambiar el talante del abordaje político que se le ha dado al tema. Confiamos en que el tinte maniqueísta adoptado pueda cesar: “los buenos contra los malos”. Quizás sería más conveniente un abordaje más modesto en cuanto a lo que se pregona estar haciendo, pero más integral en el tipo de acciones que se realicen.

No tenemos tiempo que perder. Es urgente invertir pensamiento y recursos para mejorar los sistemas de prevención del riesgo social (oportunidades educativas, sanitarias, recreativas y laborales para la población más vulnerable), sistemas de prevención del delito, investigación y debido proceso, así como condiciones de reinserción social y carcelarias adecuadas, junto con sistemas de rehabilitación consistentes, basados en la recuperación de la autoestima y de valores cívicos, el espíritu hacia el trabajo y la recreación sana.

La bomba de tiempo sigue allí, no solamente en las cárceles, está en la médula de la sociedad que hemos venido creando. La pobreza, la desigualdad, la ignorancia y la injusticia, son los verdaderos monstruos que nos azotan. A esos lastres sociales son los que debemos combatir, no a las personas que padecen su flagelo. ¡Manos a la obra¡